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Fashion
CARLAANDREA: textiles híbridos, nostalgia y adaptación constante
23.03.2026
Por Olivia Meza de la Orta

Entre migración, memoria textil y adaptación constante, la diseñadora argentina Carla Andrea ha construido en Oaxaca un proyecto que entiende la moda como territorio emocional y político. Su marca, CARLAANDREA, se mueve entre la nostalgia, la sostenibilidad y la experimentación material, trazando un lenguaje propio donde las prendas funcionan como archivo sensible de experiencias vividas.

Conversamos con ella sobre llegar —y quedarse—, sobre identidad latinoamericana y sobre vestir cuerpos como forma de pertenencia.

ENTREVISTA

MEOW: ¿Nos puedes contar cómo fue que aterrizaste en Oaxaca?

CARLA ANDREA: Es una historia un poco larga y bastante poco romántica. Yo nunca había tenido la oportunidad de salir de Argentina. Fue hasta finales de 2019 que viajé por primera vez a CDMX para participar como ponente en un panel sobre moda sustentable organizado por ONU-Hábitat.

Fue una semana intensa. Vine a trabajar, pero en cada pausa intentaba caminar un poco por el Centro Histórico, donde se realizaban las actividades. El tiempo me quedó corto, cortísimo. Si bien el factor fascinación de primera vez fuera del país influía, pues es México…

La poca gente que conocí en ese momento me dijo algo que se me quedó grabado: si me interesaban los procesos textiles tenía que conocer el sur de México.

Postulé a una residencia artística en Oaxaca cuando se suavizaron los protocolos post-pandemia. Y es que los que venimos del sur global necesitamos precisamente eso: un motivo, una invitación y una mínima estructura que haga posible el movimiento.

Llegué con la idea de desarrollar obra; cuando me prestaron una máquina de coser y comenzó a apretarme el zapato me puse a hacer lo que mejor me sale: vestir cuerpos.

Encontré trabajo y me hice de una especie de familia bastante rápido, supongo que el gen latino. No es definitivo, pero eso me mantiene aquí hasta hoy.

MEOW: Tu proyecto de moda CARLAANDREA tiene ejes éticos y sostenibles muy claros, ¿cómo construiste esta filosofía?

CA: Creo que es algo que estuvo implícito en mi vida desde muy pequeña. Nací y crecí en la isla de Tierra del Fuego, más conocida como ‘Fin del Mundo’. Es una provincia joven, con poca población y un clima bastante austero: el viento fuerte y helado influye en la flora seca y ruda, el mar es gris y rompe furioso contra los acantilados.

Vivir allí implica desarrollar una relación muy concreta con el entorno y con los recursos: se respira un aire espectacular, de la misma forma que se bebe agua directamente de la llave, del río o del mismo lago.

Mi mamá fue maestra de Ciencias naturales. Aunque ella no nació en la isla, dedicó muchos años a estudiar y proteger sus reservas naturales. Lo que se dice educar con el ejemplo: nos enseñó a mis hermanos y a mí a entender el valor del lugar que habitábamos y a cuidar del entorno.

Dentro de casa reciclábamos porque era necesario y porque el ingenio siempre estuvo presente: la ropa se remendaba, se heredaba entre primos o se transformaba en otra cosa. Si a mí me gustaban las cortinas floreadas de mi abuela, mi mamá me las volvía un vestido. Creo que ese ejercicio nos interpela a más de uno de este lado del mundo.

En ese momento no se hablaba de perspectivas éticas o sostenibles, simplemente era la manera en que yo entendía el mundo. Lo que se hereda no se roba, luego sólo tuve que darle forma.

MEOW: Te identificas con la nostalgia. ¿Qué retomas de ella en tus creaciones?

CA: Suele decirse que los argentinos somos nostálgicos por naturaleza: el tango, el bandoneón, el vino, el cigarro… hay una cierta cuestión cultural de mirar para atrás y construir identidad a partir de una memoria muchas veces imaginada.

Yo amo las historias detrás de las cosas: las que quedan atrapadas en los objetos y en la materia. Me fascinan las marcas del tiempo en un gesto, en una canción o en la gente apasionada.

En mis piezas intento reflejar ese paso del tiempo a través del color y la textura. Me atraen los materiales que parecen haber vivido algo: telas desgastadas, lavadas muchas veces, oxidaciones, deshilados.

El proyecto es bastante autorreferencial —por eso también lleva mi nombre— pero no en un sentido narrativo o figurativo, sino como un registro sensible de emociones que se transforman en materia. México me ayuda mucho a abrir ese lenguaje, pero aún estoy en camino.

MEOW: En Argentina, ¿cómo ves el panorama actual de la moda?

CA: Argentina es la cuna de ‘el que mucho abarca poco aprieta’, y no por falta de talento justamente. Hay una escena creativa muy intensa y de enorme nivel, pero se desarrolla en un contexto extremadamente inestable.

El vaivén de los aranceles, la presión del mercado internacional y las crisis recurrentes nos han orillado a dejar de proyectar y, lo más doloroso, a dejar de crear.

Sobreviven las pasiones que no son arrasadas por el hambre. Todas las semanas veo cerrar iniciativas que parecían sólidas o rentables, y eso genera una sensación bastante desoladora para quienes trabajamos en el sector.

Pero esa misma precariedad también ha moldeado una generación muy resiliente. En Argentina hacemos de todo: dirección creativa, estilismo, fotografía, patronaje, confección, producción, gestión, carpintería, primeros auxilios y asistencia de cátedra, jaja.

Nos volvemos profesionales integrales porque muchas veces no existe otra forma de sostener el trabajo. Hemos forjado una personalidad profundamente obstinada. Eso nos distingue.

MEOW: ¿Cómo lo comparas con lo que vives en Oaxaca o en México?

CA: Lo que me sorprendió al llegar fue la enorme cantidad de proyectos y marcas vinculadas al vestir. Es un universo amplísimo y dinámico en el que uno siente que nunca terminará de descubrir todo lo que está ocurriendo.

Eso genera mayor competencia, pero también permite trabajar desde nichos muy específicos y construir comunidad.

Encontrar ese lugar lleva tiempo. Hacerme entender es un desafío constante, incluso hablando el mismo español, porque los códigos culturales desde los que se comunica la moda aquí son otros.

Algo que me llamó la atención es que en muchos contextos la moda sigue funcionando como un marcador social muy visible. No necesariamente por la pieza, sino por el cuerpo que la sostiene y el contexto en el que aparece.

También me resulta interesante que aquí se use la palabra ‘moda’ para nombrar todo el universo textil, incluso académicamente. En Argentina solemos hablar más de ‘indumentaria’. Esa distinción refleja cómo se piensa la disciplina.

Sin embargo, el horizonte aquí es tan abundante como la fe depositada sobre los altares. Ese valor hoy por hoy es innegociable.

MEOW: ¿Quiénes son tus mayores referencias creativas?

CA: Mis amigos. Pocas cosas me inspiran tanto como ver cómo alguien piensa y construye su propio lenguaje creativo.

En un plano más académico: Alfonsina Storni, Mercedes Sosa y Luis Alberto Spinetta.

Y en términos de diseño: Rei Kawakubo, Martin Margiela y Yohji Yamamoto. No tanto por estética directa, sino por cómo expandieron los límites de lo que puede ser la indumentaria.

MEOW: Si CARLAANDREA diseñara vestuario para algúnx artista, ¿quién sería?

CA: Cuando empecé estaba enamorada de Claire Boucher (Grimes). Decía medio en broma que si algún día mi trabajo llegaba lejos, me encantaría vestirla. Después la fantasía fue mutando… igual si me llama, voy.

En un plano casi mítico: Björk, profundamente libre en su manera de relacionarse con el cuerpo y la imagen.

Más cercano: Juana Molina. Extremadamente particular. La respeto muchísimo.

MEOW: ¿Qué suena en el taller de CARLAANDREA?

Más bien los gallos de mis vecinos, para ser honesta, jaja.

Disfruto mucho del silencio cuando estoy creando. No puedo oír más que mis pensamientos porque me desvío fácilmente.

Pero cuando entro en producción necesito energía: reggaetón, cumbia y rkt. Después alguna radio argentina para saber cómo vienen las cosas por allá, y si el día se alarga cierro con folclor, Juan Gabriel y esas que dicen cosas como ‘por tu maldito amor’.

MEOW: ¿Cuál es tu proyecto más ambicioso este año?

CA: Estoy trabajando en una serie de vestidos híbridos que decidí nombrar Cripsis. Parte de una idea simple: trasladar la noción biológica de adaptación al entorno hacia mi propia experiencia migratoria.

La cripsis suele entenderse como camuflaje para sobrevivir. A mí me interesa pensarla como adaptación visible, asumiendo el riesgo que eso implica.

Los vestidos enfrentan dos sistemas que en teoría no dialogan: textiles prefabricados —principalmente jerseys deportivos— y blanquería como lino, algodón egipcio o bambú. No como layering, sino como estructuras completas que conviven en una misma pieza.

Las tensiones quedan expuestas y ninguno intenta dominar al otro.

Y bueno… también hay algo muy personal: tengo una colección enorme de camisetas de fútbol. Soy argentina, soy fifas, jaja.

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