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Cuando vayas a Cienfuegos, no olvides pasar por la Habana
26.01.2017
Por MEOW staff

Antes de las Kardashian y Chanel, fue mi mamá diciéndome “no te lleves la cámara buena a Cuba”. Era el 2013.

Aterrizamos a media tormenta en la Habana pero no me dejaban entrar sin seguro médico, curiosamente al frenchie, sin sellos gringos en el pasaporte hasta le dieron abrazo de bienvenida. Nos subimos a un taxi pirata más por obligación que por convicción. No había luz en las calles porque acababa de caer un rayo. Misma razón por la que los dos cajeros de la ciudad no funcionaban y por la que el hotel no registró nuestra reservación.

“Estamos llenos, pero ahorita los llevamos a otro, ese está más bonito”. Bienvenidos a Cuba, donde el gobierno es dueño de todos los hoteles y es así como puedes terminar en el hotel donde se hospedó Jimmy Carter por 40usd. Gracias socialismo, gracias madre naturaleza.

En la Habana o te sientes en un parque temático de Instagram “Habana Vieja” o en tu primer proyecto de fotografía –voy a tomar fotos de viejitos en blanco y negro- en el resto. Bueno, hay una tercera parte, es una zona residencial dónde tú preguntas incómodamente quién vive ahí y el taxista incómodamente te responde que hay gente que ha dado todo por la Isla y pues ahí viven.

Excelente música y excelentes cubas, literal. Pero la Habana no robó mi corazón. La Habana me enamoró, me hizo enojar, me confundió y me hizo rentar un auto.

De hecho, gracias Habana. Porque gracias a ti llegué a Cienfuegos, a Trinidad, a Ancón y a Playa Pilar.

Fue en Cienfuegos dónde descubrimos nuestro error: intentamos viajar en Cuba como en el resto del mundo. A Cuba no se va al hotel se va a casa particular, no se va a que te entretengan, se va a observar. Encontramos un cuarto libre, Magaly nos recibió preguntándonos si era cierto que Cienfuegos se parecía a Mérida, le dije que sí, sin saber qué más agregar. Compartimos el atardecer y el desayuno con ella tratando de comprender una realidad muy ajena a la nuestra.

El resto de nuestra estancia en Cienfuegos la pasamos observando la vida cotidiana. Entre el teatro, el mercado y el puerto, parecíamos ser los únicos por ahí que pagaban con CUCs en lugar de pesos. Fue como espectadores de esa cotidianidad, de esa casi estática, que volvimos, sin pretender saber todo de la isla controversial pero convencidos de que hay que conocer para opinar.

Y pues no, no me llevé la cámara buena.

Texto y fotos por Alejandra Hauser