keyboard_arrow_left
close
keyboard_arrow_right
El año en el que las cosas suceden
07.02.2017
Por Marbrisa Ter-Veen

Siempre me siento del otro lado de la vida. Siempre he sentido que yo vivo del lado equivocado de la banqueta, de la calle, en el siglo incorrecto, en la versión menos verde del césped, vaya. Desde hace varios años me había acostumbrado a la idea de vivir a medias, ser más o menos miserable, pensando constantemente en que “las cosas” deberían ser diferentes. Sufriendo por ello. Imaginando esa otra existencia en la que soy una versión mejor y completa de mí misma. En la que soy feliz.

Ser feliz, esa quimera que me torturaba día tras día, la vocecita casi imperceptible que arruinaba todos mis esfuerzos. Ser feliz suena como una extravagancia cuando se está demasiado ocupado sobreviviendo las eventualidades que poco a poco comienzan a tomar la forma de lo absoluto: ir al trabajo, tener juntas, llegar a la quincena, curarse la gripa, dormir, ir al gimnasio porque ya no tengo 19 años, pagar el gas, pagar la renta, pagar el veterinario, los antidepresivos, lavar la ropa,  hacer tiempo para leer algún clásico pendiente… y así se van los años.

El año pasado todo el universo que me retenía comenzó a desmoronarse. Primero me despidieron del trabajo, lo cual me hizo replantearme si quería seguir trabajando en el área editorial de las revistas: corregir y editar textos, administrar sitios, redactar y todas esas labores —la respuesta fue que no. Tuve que admitir casi a regañadientes que lo que más quiero hacer en el mundo, lo que me apasiona, es escribir ficción. Tal vez suena trivial, pero es un asunto que había mantenido reprimido durante mucho tiempo porque pensaba que era absurdo siquiera intentarlo. Al principio me temblaba la voz al pronunciar “mi novela”, hasta me entraban ganas de llorar de la vergüenza. Todavía me pasa, pero al menos ya no estoy paralizada por el miedo y estoy escribiendo. ¡Lo estoy intentando!

La cosa es que el año pasado toqué fondo de una manera completamente distinta de las anteriores; no hubo alcohol ni drogas ni desalojos ni intentos de suicidio de por medio, digamos que ya había logrado convertirme en un adulto funcional. No sé si fue que hacer yoga por fin surtió efecto de manera verdadera, pero me “conecté conmigo misma” y me di cuenta de que era sumamente infeliz, que lo había sido durante tanto que ya casi no me daba cuenta. [:(] Necesitaba cambiar de dirección con urgencia. Con esto me refiero a que no estaba dedicándome a lo que amo, mi relación de pareja ya había expirado y estaba en un hoyo profundo de depresión, ansiedad y desesperanza. Mi cuerpo se descompuso poco antes de Navidad como consecuencia de mi inestabilidad emocional. Tenía meses llorando todos los días y no me di cuenta hasta que el llanto cesó. Sí, eso pasa.

Todo el proceso fue una especie de conversación interna, un ejercicio de honestidad extrema —hay que recordar que somos muy hábiles convenciéndonos a nosotros mismos y engañándonos—, tuve que reconocer mis deseos genuinos y deconstruir algunas mentiras que me repetía para sobrevivir; que no quiero dejar de vivir sola, por ejemplo. El siguiente paso fue ser coherente: ponerme a escribir, terminar la relación, ir al psiquiatra. Sanar.

Espero que no se entienda mal, no estoy renegando de lo que vino antes, las personas que estuvieron conmigo y todos los trabajos horrendos que he tenido han sido invaluables. Lo que digo es que ahora realmente, REALMENTE, y por primera vez siento que tomé la decisión correcta, que la vida no me está pasando por encima ni se me está yendo sin sentido. Hacía falta escuchar mis deseos más simples, dejar de tener miedo y darme una oportunidad. Se escribe más fácil de lo que se hace. Admito que tengo mis raspones. Fueron (y son) actos de fe. Tuve la carta de Tarot de La Templanza casi cinco años instalada en mi espejo y hace poco la cambié por La Fuerza.

Durante años he repetido que como no leí Rayuela durante mi adolescencia ya sería incapaz de disfrutarlo, que es un libro cuyo ánimo seduce cuando se está en esa etapa impresionable de la vida. He tenido mucho tiempo la novela en el librero, intacta. Me la regalaron cuando tenía 19. Incluso tengo dos ediciones (la de Punto de Lectura y la de Ayacucho, por si quieren saber). Tal vez antes no estaba lista, pero sospecho que este es un buen año para leer, por fin, Rayuela.

“You have a class of young strong men and women, and they want to give their lives to something. Advertising has these people chasing cars and clothes they don’t need. Generations have been working in jobs they hate, just so they can buy what they don’t really need.
We don’t have a great war in out generation, or a great depression, but we do, we have a great war of the spirit. We have a great revolution against the culture. The great depression is our lives. We have a spiritual depression.”

—Fight Club, Chuck Palahniuk

Ilustración por Celeste Anzures