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Diary
El inagotable o por lo menos más prolongado placer de la ropa usada
10.04.2018
Por MEOW staff

Chica guapa novio feo ¿qué le vio? Quiero.
Al contrario, vestido divino vintage $100 ¿qué NO le vio que lo donó? También quiero.

Haciendo a un lado las psicologías de adjudicación y propiedad privada que entran en el juego de los egos, la ropa usada tiene un hermoso mensaje detrás. Por un lado, está el placer de una hipertextulidad gerardgenettiana que respeta y brinda homenaje a lo anterior, a lo que ya se dijo. Es un doble placer que conecta con un significado paralelo, que sólo yo y el que me pregunte – y mi abuela – vamos a conocer, sobre el crop top por ejemplo, bordado y made in Hungary que estoy usando pero que le regalaron a ella cuando tenía 18, mi abuela, y paseaba por la plaza principal en Avenida Lecueder, Artigas, Uruguay, con un tal Tito que nunca progresó de un tal.

El hipertexto al pasado puede ser menos preciso, puede terminar en Caarmela año 2018 y adiós. Y así y todo, cuando lo descubro colgado y me atraviesa el alma y empiezo a conjugar en primera persona el verbo necesitar y me lo pongo y me queda exacto, el regocijo es múltiple porque decidí estar en el lugar y momento precisos para dar con el lugar y momento correctos en que otra ya no lo quiso más – ¿qué le dejó de ver? -. Hay un algo de mágico que no funciona igual si la maquila fue en serie y la temporada es la actual. Lo emotivo de lo vintage es quizá su parte más poderosa, la que sostiene y hace sustentable a la otra parte, la sustentabiliad.

En busca del blazer vintage perfecto @ Caarmela

 

Lo vintage fue moda antes de ser moda sustentable, antecede a la preocupación por cuidar el planeta y a los niños y trabajadores underunderpaid de Malasia o de Vietnam. En el momento en que su propósito desborda todo ese romanticismo anterior y los intereses personales, comprar ropa usada se vuelve una decisión casi que obligada. Cuando el que compra usado lo hace consciente de no estar donando uno más de ciento noventa pesos a la vorágine del fast fashion, tiene – además de una prenda única que no se la va a ver a la hermanita de la ex de nadie en el próximo Vive Latino ni Corona Capital – un micro motivo para dormir mejor a la noche. Dos, su conciencia y medio O² más llegándole al cerebro por la contaminación que a todos nos evitó.

Un vestido por Julia Murdoch para los Juegos Olímpicos en México de 1968 que nos encanta. Fuente: Pinterest

 

La industria textil y sus procesos químicos están de miedo. Los pantalones de mezclilla, nuestros enemigos marca Acme, gastan y contaminan miles de litros de agua en su producción. La mezclilla en rollos para uso en fábricas viene durísima y en un color azul casi negro. Para alcanzar el baby blue Justin Bieber y encima ripped, hay que someterla a muchísimas etapas de lavado con ácidos y decolorado con potasio, enzimas y cloro que no ayudan precisamente a la humanidad ni a nuestros futuros hijitos reales ni imaginarios.

Hay muchas opciones para que la ropa que nos ponemos no sea causa del deterioro ambiental o de prácticas injustas de esclavitud aceptada.

No es precisamente vintage, es sólo usado pero:

En Estados Unidos, Rent the Runway ofrece 3 modalidades de renta de prendas. La primera es la que aquí ya practicamos para fiestas: rentar un vestido por la noche. La segunda es pagar un fee que da acceso a 4 prendas por un mes, de un clóset infinito que incluye faldas, blusas, bolsas y accesorios; y la última modalidad es diez dólares más cara pero tienes 4 prendas en rotación continua y te las quedas tanto tiempo quieras, y cuando devuelves una, ellos la lavan y te liberan otra a tu elección. El modelo suena súper y no necesitas kilómetros de espacio.

En Francia, Tale Me hace algo parecido con la ropa de bebé, que dura tres puestas y queda chica.

Algo que está empezando a funcionar en México es el trueque de prendas, ejemplo Verde Permuta. También bazares de ropa usada, donde un curador experto en el buen gusto escoge entre tus prendas muertas – obvio en buen estado, muertas sentimentalmente para ti – y te da un presupuesto por lo que siente que puede llegar a revender. En este estudio de yoga casi todos los meses hay un micro bazar donde cada uno va con propio rack (emoticón niñita de pelo negro levantando la manita) y vende pequeños ex tesoros propios, a partir de $50. Y ese es sólo uno del montón.

Por su lado, tiendas oficiales donde comprar ropa vintage con concepto propio hay cada vez más aquí. De alguna manera el estilo personal se va moldeando mucho más propio cuando las prendas, únicas y originales de otra década, fueron de alguien más. Y si para terminar volvemos al terreno de las herencias madre-hijas, las prendas vintage pasan a materializar un legado de familia, una especie de continuación del apellido que se puede tocar.

 

Fotografía de portada vía iamsterdam.com