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Highlights
El self care y otros cuentos
11.04.2017
Por Marbrisa Ter-Veen

El otro día estaba con mi mejor amigo en mi departamento, era día feriado, habíamos ido a desayunar, luego a ver libros y teníamos el gran lujo de estar tirados en la cama con mascarillas y viendo Instagram (cada quién en su teléfono); haciendo comentarios sobre tal o cuál instastar o mostrándonos sudaderas, bolsas y pantalones que queremos, en lunes, a la una de la tarde. Todo un epítome del self care: Tener el tiempo de husmear en las fabulosas vidas ajenas, echar un vistazo a los objetos sobrevalorados que no podemos comprar, mientras una mascarilla coreana de treinta y cinco pesos —con la que parecemos asesino en serie— nos repara el cutis.
En mi columna pasada hablaba sobre las pequeñas indulgencias que nos ayudan a sobrellevar los aspectos o momentos menos placenteros de nuestras vidas. Todos tienen los suyos, aunque pareciera que algunos son mejor vistos que otros, por ejemplo hay quienes sacan el estrés corriendo diez kilómetros y los que nos comemos la ansiedad en forma de rebanadas de pastel de chocolate o galletas. O gastándonos el salario completo en un par de zapatillas porque YOLO, porque no hay nada tan satisfactorio como sacarlas de la caja, calzártelas y estrenarlas leyendo un rato sobre la cama. <3
La opinión general es que la persona que convierte su ansiedad, enojo o tristeza en motor para quemar calorías es alguien sano, de buenos hábitos, un individuo ejemplar, mientras que yo, que tengo impulsos más bien hedonistas y despilfarradores, no soy ningún ejemplo a seguir. En mi opinión, si tu tristeza pide chocolate es mejor dárselo para que no se convierta en depresión, pero supongo que debo estar mal, porque tiendo a confundir esa idea de consentirse tantito para estar mejor con volver costumbre comprarme jugos de $150 pesos después de hacer yoga. Porque hacer yoga definitivamente es una de mis prácticas de self care más valiosas, pero el jugo también me gusta… Alguien por favor dígame dónde está la delgada línea que separa una cosa de la otra, dónde empieza el bienestar y termina el materialismo.
Pero volviendo a la idea de consentirse, de practicar de vez en cuando y con moderación el self care, o bien, practicarlo todos los días con “pequeñas acciones”, tengo que admitir que el concepto llega a resultarme muy confuso. Es un camaleón que toma formas inesperadas según las interpretaciones de cada quién. O sea, básicamente se trata de… ¿procurarte?, ¿cuidarte?, ¿tomar tiempo para ti?, ¿hacer lo que te hace feliz?, ¿salir de vacaciones?, ¿ir a terapia?, ¿comprar una vela aromática?, ¿flores? Todas las anteriores y un millón de opciones más. El self care no sería necesario si todos tuviéramos la vida que tiene Reiko, mi perra.
Pero como no somos perros y vivimos atrapados en la sociedad de consumo —cof cof— quererse a sí misma implica al mismo tiempo prácticas socioculturales, espirituales y materiales, ni modo, qué les digo. Por eso últimamente todo nos lo quieren vender en nombre del self care, entre todas las cosas que es, también se convirtió en un muy buen eslogan. Nos quieren volver criaturas indolentes que optan por comprarse gel de baño de lujo para probar que nos valoramos a nosotras mismas.
Yo sé que me quiero y me cuido cuando cocino algo rico y saludable, cuando juego con Reiko, cuando leo una gran novela o veo una gran película, cuando prendo mi vela de Fleur Fantôme y escribo, cuando me hago un masaje facial con aceite de coco y cuchara, cuando tomo una siesta con mi novio… placeres sencillos. Aunque admito que la bolsa Dotcom Click de Fendi en azul me tiene cuestionándome qué tanto me amo a mí misma y comprarla me parece el mayor acto de self care que podría llevar a cabo. Que “sí merezco abundancia”.
Bien pensado, tal vez mi mayor acto de self care a la fecha no es exfoliarme la cara con regularidad sino no perder el sentido del humor y poder reírme de mí misma a pesar de lo jodida, injusta y hostil que puede llegar a ser la vida.

Hasta el próximo mes, queridos míos.

Ilustración por Jorge Fernando González