Un desfile abrió la 19.ª edición de Fashion Week México. Llevó el nombre de Carla Fernández; sin embargo, lo que sucedió sobre la pasarela trascendió la autoría individual. Fue un encuentro de saberes, oficios y sensibilidades que me gustaría recordar en este texto.

El cuerpo como punto de partida
En el patio de la antigua casona, la pasarela se convirtió en un escenario de historias que tomaron forma a través de la danza, el cuerpo y el movimiento. Incluso los detalles de las sillas hablaban ya de un contexto artesanal, histórico y bello al mismo tiempo. La antesala de esta colección, inspirada en el Galeón de Manila y titulada Pacífica, cobró vida con la coreografía de Diego Vega y lxs bailarines que impregnaron de energía este encuentro.



Un encuentro que primero sucedió a través del movimiento y la música. Lxs bailarines vestían ropas ligeras, de apariencia naturalmente teñida, y las mujeres llevaban el pelo suelto y largo. La música que acompañó este juego de las sillas era oscura, industrial y ambiental: un acierto para equilibrar lo que se esperaría de una marca que se distingue por lo artesanal. Entre lxs modelos que caminaban y la danza, todo se convirtió en una escena donde los elementos convivían sin distraerse entre sí, sino complementándose para contar esta historia.

Más allá de una firma
Es osado decir que las colecciones se reducen a una sola autoría. En este sentido, Carla Fernández trabajó con diferentes creativxs para que, a través de un proceso de cocreación, cada look funcionara como una lectura colectiva. Y creo que eso fue lo que más me conmovió.
El primer look nos dio la pauta de Pacífica: un conjunto de tres piezas, completamente blanco, pero brillante, ligero y satinado. Fue una colección tan profunda por dentro como por fuera. Es complejo capturar todo lo que conlleva un trabajo así en apenas quince minutos de pasarela. Por eso, es necesario comprender la dimensión de todas las manos y mentes involucradas, sin dejar de lado el corazón, por supuesto.




Un lenguaje hecho de texturas
Nudos, deconstrucciones, prendas multisensoriales: el aparente caos de la colección encontró su hilo conductor a través de las texturas. Flecos, deshilados, papel picado, grabado en piel, bordados, teñidos naturales, joyería de plata y chaquira wixárika, calado charro y tejidos en telar de pedal. Una celebración de las artes de México con la mirada puesta en el futuro. Destacan aquí las creaciones de mujeres y hombres de Oaxaca, Ciudad de México, Guerrero, Jalisco y Estado de México: un compendio de saberes que conviven en el diseño contemporáneo.






Las manos detrás de la historia
La colectividad de Pacífica lleva un mensaje no de rendición, sino de resistencia. Todo aquí tuvo un nombre y un lugar, y esa intención se materializó en el trabajo de Pilar Aquino y su trenzado a mano; la pintura de Isaías Delgado, Francisca Nicolás y Onofre Ocampo; los bordados de gancho y aguja de Ángela Guerra, Teresa López y Esther González, respectivamente; el calado charro de Fidel Martínez; el deshilado de Sara Cruz; los bules o guajes de Obdulia Almazán; el papel picado del Taller Papel Picado Xochimilco; el telar de pedal de Alejandro Vásquez; la chaquira wixárika de KUU; el grabado en piel de Vicente Chávez; la tintorería natural de Rebeca Rubí Martínez; la joyería de plata de Ellena Natalia Díaz y Carla Fernández; y las sillas del performance, confeccionadas por Rodrigo España y Sofía Prado.

Entre el intercambio y la resistencia
Inspirarse en el Galeón de Manila puso en el centro de la conversación el intercambio cultural que conectó a México con Asia y Europa. En su versión menos romántica, este relato no rescata ni salva, sino que invita a pensar en la preservación y la resistencia frente a las relaciones de poder que atravesaron esos intercambios y en cómo sus dinámicas se transformaron con el tiempo. La observación y la admiración pudieron convertirse en apropiación. La pregunta no es solo qué culturas se encontraron, sino bajo qué condiciones y quiénes se beneficiaron de ellos.
Quizá Pacífica no pretende reescribir esa historia, pero sí propone mirarla desde otro lugar: reconocer el nombre, el oficio y las manos detrás de cada técnica es también una forma de resistir al olvido.





Si algo nos recuerda esta colección de Carla Fernández, es que reconocer a quienes hacen posible una prenda no es un gesto adicional: es una parte fundamental de la historia que contamos cuando hablamos de moda.
Créditos de Pacífica
Coreografía — Diego Vega
Sillas — Confección de Rodrigo España y Sofía Prado
Chaquira Wixárika — KUU
Joyería de Plata — Ellena Natalia Díaz & Carla Fernández
Papel Picado — Taller Papel Picado Xochimilco — Xochimilco, CDMX
Calado Charro — Fidel Martínez — Chimalhuacán, Estado de México
Bordado de Cadenilla — Adriana Guzmán — Asunción Ixtaltepec, Oaxaca
Bordado de Gancho — Angela Guerra — Juchitán de Zaragoza, Oaxaca
Bordado con Aguja — Teresa López, Esther Gonzalez — Juchitán de Zaragoza,
Oaxaca
Deshilado — Sara Cruz — El Oro, Estado de México
Pintado a Mano — Francisca Nicolás y Onofre Ocampo — Xalitla, Guerrero
Teñido con Tintes Naturales — Rebeca Rubí Martínez — Teotitlán del Valle, Oaxaca
Bules — Obdulia Almazán — Temalacatzingo, Guerrero
Tejido en Telar de Pedales — Alejandro Vasquez — Tenancingo, Estado de México
Grabado en Piel — Vicente Chávez — León, Guanajuato
Pintado a Mano — Isaías Salgado — CDMX
Trenzado a Mano — Pilar Aquino — Villa Hidalgo Yalálag, Oaxaca





















