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Martes 19. Historias de un desastre.
29.09.2017
Por Kas Stoker

La Ciudad de México es un lugar impresionante, ciudad de luces, le llaman. Pero hoy, nuestra patria está de luto. Todo iba muy bien, todo era perfecto a pesar de los problemas del día a día. Es martes, es fresco. 19 de Septiembre, una fecha conmemorativa. Llueven hastags del 85, se hacen simulacros y, a pesar de que suena la alarma sísmica, todo está en orden. Todo sigue en pie.

Un par de horas después vuelve a sonar, esta vez ni tiempo da de verificar si es o no es. La tierra se mueve, cruje, la ciudad de las luces se apaga, es una gelatina. La gente comienza a espantarse, se escuchan gritos. ¿¡Qué está pasando!?. Después se detiene, todo bien a pesar del susto en el barrio de Álvaro Obregón. Silencio. Las líneas se saturan, llueven preguntas. -¿Todos bien?, Acaba de temblar muy feo, ¿todo en orden?- pero no… llegan noticias de derrumbes, gente atrapada, edificios que colapsaron en el momento o estaban a punto; magnitud de desastre.

La tierra cobrando vidas, dejando impresionado a todo México. Fuimos partícipes de lo que nuestros padres, tíos, abuelos, hermanos nos contaban cuando fue el terremoto del 1985. Historias que creímos se iban a quedar allí, pero no, la vivimos, unos otros la sufrieron. De repente una ola de hombres en las calles, desesperados, angustiados por sus familias. Los transportes llenos, silencio otra vez. La gente se metía a los locales a oír la radio. ¿De cuánto fue? ¿Qué sucedió en Medellín, en la Condesa, en la del Valle, en Morelos…? Qué le pasó a México lindo y querido. La tierra devoraba hombres.

Para cuando llegué a casa llevaba miedo, incertidumbre de ver a mi familia. –No hay nadie en casa. A mis perros, todos allí, escondidos. En las redes llovieron millones de mensajes, ayuda aquí, allá, por acá. Daba miedo, era constante, eran desgarradores. Es México, es 19 de septiembre y acaba de ocurrir un desastre.


Guillermo Carballo Iturbide, Periodista y promotor cultural

Me había quedado de ver con mi padre afuera de mi departamento para ir juntos al médico. Por la mañana me habló por teléfono, me recordó que estuviera atento al simulacro que se haría a las 11:00am. “Acuérdate que hoy hay simulacro. Se conmemoran 32 años del temblor del 85”. Sonó la alarma sísmica y estaba tranquilo. Ni siquiera salí de mi departamento, en el primer piso de un edificio de nueve pisos, en la unidad habitacional Villa Olímpica. Escuchaba música. Era un día normal. Era la 13:14hrs, teníamos buen tiempo para llegar puntual a la cita. Mientras caminaba escuché cómo los edificios de toda la unidad habitacional crujían como si se fueran a separar de la tierra, el suelo comenzó a moverse como si se hubiera convertido en el mar, imaginé que se abriría la tierra. Corrí.

Escuché por todos lados. Los gritos de mujeres y los ladridos de los perros de mis vecinos se hacían cada vez más estresantes. Tenía miedo. Corrí pensando que los edificios que tenía frente y detrás de mí me aplastarían. Los árboles se sacudían casi desprendiéndose de su lugar, como si también quisieran huir de ahí. Mi padre y yo nos encontramos en el estacionamiento, nos abrazamos por un momento, mientras veíamos cómo se columpiaban los edificios a nuestro alrededor. La tierra estaba furiosa. La alarma sísmica lo advertía. Ese sonido que anuncia la tragedia, la posible o eminente destrucción. La gente corría gritando de un lugar hacia otro, dónde resguardarse. Principalmente gente mayor. La mayoría de los niños estarían en sus escuelas, los jóvenes en las universidades y la fuerza laboral en sus diversos puntos de trabajo. Pensé en todos ellos mientras sentía la fuerza de la tierra acomodándose. No sabía bien el impacto de ese temblor. Nadie lo sabía, hasta que el terrorífico sonido de esa alarma sísmica, nos mostrara el horror que había causado quizá uno de los peores terremotos sobre nuestro país. Mi país lastimado por la corrupción y violencia, esta vez destrozado por la naturaleza. No podría imaginar el daño causado por ese temblor hasta que salí del lugar. Al momento alguien publicó: “Se cayeron edificios en la Condesa”. Alguien más advirtió: “En Linda Vista, otro”. Uno más compartió: “Dicen que se cayó una escuela también”. Debemos ayudar, pensé mientras veía a mis vecinos aterrados. ¿Cómo? Se veía la angustia. Teníamos miedo.

Los jefes de mantenimiento del conjunto habitacional de 29 edificios, que albergaron a los atletas de las olimpiadas en 1968, nos dijeron que revisáramos los daños de nuestras viviendas, apagáramos el gas y nos fuéramos del edificio por posibles réplicas. Cuando entré nuevamente a mi departamento que había dejado casi una hora antes, lo encontré destrozado. Grietas por todas las paredes, los pilares de la cocina estaban fracturados, pequeños trozos de yeso indicaban el camino de todos los rincones afectados. Los mosaicos del baño mostraban la ruta de la fuerza de aquel sismo, casi perforando las paredes de mis vecinos. Pude sentir por instantes el impacto del temblor por las huellas que dejó en prácticamente todas las esquinas del lugar. En ese momento la realidad me impactó de la misma manera que el terremoto. La ciudad había colapsado. Era una pesadilla, se había partido en miles de pedazos. La tristeza era tan pesada como los escombros que rodeaban la mayoría de las calles de la ciudad. “Ora´ sí, nos tocó a todos, y de todas las edades”, dijo un anciano sorprendido por la tragedia.


Sebastián Sandoval Rodríguez, Publicista y compositor

El día 19 estaba escribiendo como de costumbre en el trabajo, cuando sin avisar todo comenzó a moverse. Salimos corriendo de la oficina y supe que esta vez era algo fuera de lo común. Nos dieron salida y salí corriendo a ver a mi novia que trabajaba a unas cuadras de mi oficina. Al pasar por Insurgentes comencé a ver gente caminando por las calles, corriendo. Mucha gente buscando señal desesperadamente y sobre todo que no había noticias. Al llegar con mi novia y enterarnos que su edificio tenía problemas en la estructura salimos del lugar rápidamente. Hicimos tres horas caminando, en taxi y metro. Al parecer en la Balbuena no había pasado nada. Sus papás bien, todo en orden. Pudimos tener accesos a internet y a mensajes al fin. Nos enteramos que habían caído varios edificios por nuestra casa y con daños graves por toda la CDMX. Al llegar a casa en Ciudad Jardín a unas cuantas cuadras había un multifamiliar que había caído. Fue entonces que al dar las 23:00 hrs decidimos ir a ayudar.
Sólo había gente corriendo, parecía una película de ficción, era algo que uno no creía que volviera a suceder. Que no pasaría nunca más. Algo que nos sorprendió fue la cantidad de jóvenes que estaban en la zona y que ayudaban de todas las formas posibles. Al día siguiente yo tuve que ir a trabajar a pesar que nos dieron opción de decidí si asistir o no. Milagrosamente al llegar me enteré de los planes del equipo fue hacer una página llamada Voluntario Digital y difundir las noticias separando lo verdadero de lo falso. Me pareció una idea increíble ya que decían que se caían edificios en dónde ni siquiera era zona afectada. Ese mismo día después de contactar a varias brigadas y equipos de ayuda, salí temprano para ir a ayudar a la Condesa (que era de las zonas más afectadas) Al comprar ayuda e ir a buscar centros de acopio y brigadas, nos dimos cuenta que el metrobús sólo llegaba a Nuevo León. Al bajar lo primero que vi fueron miles de personas corriendo y caminando con cascos, palas y picos. Fue una escena de la película de Guerra de los mundos cuando la humanidad va ayudando y caminando. Mientras nos adentrábamos se volvía más y más estremecedor y con una vibra de tensión y ánimo. Rara. Llegamos a la zona y pedían muchas cosas, dejamos comida para perro, medicinas y material higiénico. De pronto mientras menos nos dimos cuenta ya estábamos pasando cosas en cadena. Así fue hasta que cayó la noche. Cansados volvimos a casa felices de haber dejado nuestro granito de arena y tristes por no dormir pensando que había gente afuera mientras nosotros dormíamos.

Al día siguiente volví al trabajo con material y cosas que debía de hacer para llevar información por redes sociales, ya que la página afortunadamente había tenido una respuesta increíble. Comenzó a llamarnos la Secretaría de Turismo, amistades y líderes de brigadas. Eso me entusiasmo porque las cosas estaban llegando a los lugares adecuados de la forma adecuada. Así acelerando el paso a la verdad y flujo de información correcta. Hoy en día seguimos con la misión no sólo de ayudar en los lugares de desastre al salir de la agencia Básico FM. Trabajamos por cuentas en estos días, trabajamos por nuestro México difundiendo a tiempo real información en dónde se necesita. Para encontrar y no rendirnos.


Guillermo Carballo Iturbide, Periodista y promotor cultural.

Miércoles 20 de septiembre, un día después de la tragedia: comenzó a cambiar mi vida como mexicano, decidí irme ayudar a todos los centros de acopio que encontré. Pero uno en particular me cambió la forma de ver a los mexicanos. El centro de acopio más grande de la ciudad: la explanada del estadio olímpico universitario de la UNAM. Doné lo que pude en la valla humana que estaba sobre la avenida insurgentes sur. Después quise donar el tiempo y mi voluntad. Nuestra convicción de salir adelante como pueblo era más fuerte que un movimiento feroz de la tierra. Me sentía orgulloso de estar ahí, en las calles, con la gente, con los desconocidos que se volvían parte de mi familia adoptiva. Como debería ser una Nación, pensaba mientras cargaba bultos, cajas de cartón, palas, picos, escobas y miles de aguas embotelladas. La inspiración de tantos jóvenes, mujeres y hombres comprometidos ahí, en la universidad nacional, me motivó para convertirme en uno de los millones brazos de ese gigante humano llamado generosidad. Una criatura de miles de brazos y piernas, con cientos de ojos, con capacidad de tener muchas voces y edades, llamado solidaridad. Clasificamos medicinas, jeringas, vendas, guantes de látex, pañales, juguetes, ropa, herramientas, guantes de cargamento, madera, agua, comida enlatada, fruta, para los damnificados, pero también empacamos con ellos sudor, cariño, empatía, entrega, compromiso, disciplina, solidaridad, pasión y amor por los otros, por los que no conocíamos pero que sabíamos que eran mexicanos. Como nosotros. Al llenar las gradas y los palcos de miles de víveres procedentes del cariño de la gente de distintas partes de la ciudad con tanta dedicación, en algunos instantes nacía una lágrima, pero la escondía por no había tiempo para distraerme, el objetivo era mayor: ayudar a los creadores de una nación completa a recuperarse, a resurgir, a sanar.
Entre las filas de voluntarios conocí a Victoria, una chica universitaria. Fue una de las muchas personas que me inspiró a trabajar en equipo sin importar la edad, clase, fuerza, tamaño o filosofía. Los jóvenes se apoderaron no sólo del estadio olímpico, sino de toda una ciudad. No conocía lo que significaba ser mexicano, hasta ese momento. Nunca había sentido a un país unido, hasta ese instante. No había conocido a su verdadera gente hasta ese día. Qué orgullo ser mexicano y trabajar por una Nación que no se está destruida, sino reconstruyéndose segundo a segundo gracias a la sociedad civil. Esto es la fuerza México, que anunciaban en las redes, esto es el poder de la sociedad civil construyendo una Nación con una consciencia nueva, fuerte, poderosa y diferente; tantas manos unidas con el objetivo de seguir ayudando a construir pedazo a pedazo. Salimos tarde de ahí. Había cambiado mi consciencia y la de miles de mexicanos al marco de la tragedia más grande que hayamos recordado en los últimos 32 años.


20 de septiembre / 09 a.m. / Quiosco del Centro de San Cristóbal Ecatepec: Alumnos y ex alumnos que lanzaron la convocatoria antes que sus autoridades del Centro Universitario UAEM. Alumnos y ex alumnos se reúnen para recolectar víveres, medicamentos, artículos de limpieza, materiales de curación, artículos para bebé y agua, mucha agua.

Llegando a mi colonia, en San Rafael, Coacalco, Edo. De México, decidí acércame a algunos de mis vecinos y ver su respuesta. Pasando de departamento en departamento veía que estaban dispuestos a desprenderse de lo que fuera con tal de cooperar, si no tenían a la mano medicina, me daban ropa, si no tenían para un paquete de agua me daban vasos desechables, si no tenían despensa, me daban cobijas que les sobraban, y así uno a uno se fueron sumando, Carmen, Lidia, Elia, Yeni, Martín, Lidia 2, Carmen 2, Alicia, Sara y Tere, incluso Mago, la señora mayor de edad que vive de su pensión salió para darme despensa y compartir lo que tiene. La señora Nora recordó que tenía material de curación arrumbado en su casa pues su hija estudió enfermería y lo donó. Me llevé a San Cristóbal el auto lleno.

Pero la historia apenas empezaba, llegando a San Cristóbal encontré a los muchachos muy bien organizados, incluso se coordinaron con CECOEX y Fundación Humanitam que apoyaron con el transporte y algunos brigadistas que se fueron a Morelos. Tenían un tráiler que se iba llenando poco a poco después de haber clasificado por categorías de productos y marcado debidamente que se trataba de una donación y cancelado el código de barras. Revisaban cuidadosamente las fechas de caducidad y cuidaban que los frascos de alcohol y agua oxigenada fueran sellados. El alumno Daniel Arce y Joanna Mariana Mireles Alvarado coordinados por Nayeli Andrea Torres Jacobo estaban por salir a llevar una camioneta al estadio de CU y como ofrecí mi coche, de una vez partimos con los dos vehículos para irlos a entregar, además de nosotros iban los alumnos Katia Gabriela Jiménez y de quienes no tengo los nombres completos, Cristian y Nancy y otros dos alumnos de psicología. Los entregamos en el estadio universitario de CU en donde nos recibieron muy entusiastas y pudimos observar la gran cantidad de gente que estaba ayudando, desde la Av. Insurgentes ya había gente esperando a ayudarte a descargar los vehículos y se hacían las cadenas humanas para pasar los productos hasta donde los estaban ordenando.

El día jueves, mis vecinas pasaron la voz y sin pedir nada a cambio salieron nuevamente a apoyar incluso quienes habían donado algo el día anterior. Juan, Maricela, Lucy, Alejandra, Nancy, Lidia, Lucía, Mago y dos vecinas nuevas también apoyaron, incluso algunos niños compartieron sus juguetes, cosa que me emocionó mucho. Aquel día volví a San Cristóbal. Ésta vez no fue la excepción, alumnos de psicología, contaduría, derecho, ingeniería en computación, administración e informática administrativa, todos eran uno. Tenían un sonido local que invitaba a la gente a seguir donando y por medio del cual anunciaban cuando los camiones ya venían para ser llenados o cuando ya habían llegado a su destino. Los muchachos mostraron gran entusiasmo todo el tiempo, no faltó quien les llevara tortas para que comieran algo después de estar ahí todo el día, nadie se quejaba, si terminaban una tarea se pasaban a otro equipo tal vez para ya no clasificar ropa sino para empacar productos para bebé. Armaban las despensas con insumos de cada categoría y las iban pasando a los camiones. El día de hoy otros alumnos participaron y llevaron ayuda también a Morelos, y aunque de primera instancia no tenían como llevarlo, tras una publicación en Facebook, no pasaron ni 10 minutos cuando ya se tenían 5 diferentes opciones de voluntarios que se apuntaron para poner sus vehículos. Es así como se sigue demostrando que México está de pie y que en ésta ocasión los jóvenes han sido pieza importante en la movilización de apoyo que se está dando. Admirable en verdad, me siento orgullosa de todos y cada uno ellos porque por su propia cuenta propusieron, planearon y ejecutaron y me gustaría tener el nombre de todos para que se nombraran aquí.

La colecta seguirá al parecer durante los próximos días, ojalá el pueblo siga apoyando al pueblo.

“Mi país lastimado por la corrupción y violencia, esta vez destrozado por la naturaleza..


Mónica Gabriela Rodríguez Portillo, Profesora del CU UAEM

Viernes 22 de septiembre, Lo que mis ojos vieron esta tarde por diversos puntos de la ciudad de México fue devastador. Decidí recorrer algunas de las partes más afectadas por el sismo, al sur de la Ciudad, con el propósito de documentar con foto y video los daños, recuperar algún testimonio y sobre todo ofrecerme como voluntario en las tareas que me asignaran. El resultado fue terrible. Es una pesadilla lo que se está viviendo en muchos sitios de la ciudad, dramático, indescriptible. Profundamente doloroso. No es suficiente la ayuda ni los centros de acopio, ni el ánimo en las redes sociales para regresarles lo que perdieron a las víctimas de este terremoto. Es totalmente inhumano y monstruoso escuchar las declaraciones de las “autoridades” de todos los niveles sobre la situación. Tanta impotencia, tanto coraje, tanta tristeza a simple vista por todos lados, en casi todos los rincones y en las fachadas de los edificios que aún quedan de pie. Lastimados, frágiles, opacos. Los colores se perdieron, en algunos lugares, los que ya recogieron los escombros ni siquiera quedaron cenizas. Sólo un vacío. Un hueco. Un silencio. Muchas imágenes parecían la escena de una película de guerra. Sin maquillaje. Sin retoque. Alcancé a ver iglesias destruidas, y sobre los camellones improvisaba un sacerdote la misa del día, los niños jugaban con los escombros, herramientas, palos, picos, piedras, conscientes de la situación, pero aún sonrientes. Dejé de grabar con mi celular, y decidí no volver a tomar más fotos.

#LafuerzadeMéxico, es decir la Sociedad civil, no se ha detenido ni un momento. No han dormido, no han descansado, han salido adelante por los otros, por su comunidad, por su gente, por su nación. Sí, también elementos de protección civil, Marina y Ejército. Sí, también ellos, pero la sensación de ver a miles de mujeres y niños con palas, picos en sus manos y cascos de distintos colores sobre sus cabezas, caminando por las calles como si se tratara de nuestra identidad, sin quejarse, sin descansar, sin parar con la esperanza de rescatar, apoyar y solidarizarse con otro mexicano, estar conmovidos por el dolor de su gente, su pueblo. Es algo que no lo había visto desde hace años; esto es más grande que cualquier institución, partido, norma o ley. Esto es más grande que cualquier tragedia, Eso se llama nación. Humanismo. Solidaridad. Sociedad Civil siendo el propio Estado. Sí, el acomodamiento de la tierra, cambió al país. No me avergüenza confesar que lloré al ver a mis mexicanos, a mis hermanos recogiendo con o sin guantes los escombros de muchas calles de la ciudad de México y de otros Estados, al ver a los niños en los albergues jugando, sonriendo aún, los cuentacuentos de varias edades en los albergues, tanta comida para todos los mexicanos donada por amor, al ver a que nunca paró la ayuda, ni las donaciones, ni la voluntad, ni el coraje, ni los voluntarios, ni las mujeres valientes, ni los hombres comprometidos, ni los adultos dando toda su energía, trabajando junto con Marina, Ejército, Asociaciones Civiles, vecinos, brigadistas y perros rescatistas (la querida Frida, es nuestra nueva heroína nacional), entre muchos otros. No me avergüenza haber llorado de dolor y de gusto de saber que México es otro desde la tragedia del martes 19 de septiembre. Es la lección dolorosa que nos manda la tierra para recuperarnos, para unirnos, para abrazarnos, para sacudirnos, para crecer, para volver a respetarnos, para por fin despertar.


Karla Stoker

Para cuando se tuvo noticias de los inmuebles derrumbados toda la gente se movía con eficiente organización. Se tuvieron noticias del colegio Rébsamen, los oficinistas en Álvaro Obregón, el inmueble de San Luis P. y Medellín. A penas era el comienzo, eran los primeros de muchos otros desastres que el sismo del martes negro había provocado. Acordonaron la zona, llegó ayuda, perros rescatistas, jamás en mi vida había visto al hombre y al animal trabajar en una sola causa, al menos no en mi país, en mi propia ciudad, vaya, en mi delegación. Ahí mi Ciudad, mi hogar, mi nido. Me pongo en los zapatos de todas esas personas que perdieron su patrimonio, a sus seres queridos y amigos, a los que tuvieron que pedir préstamos para poder comprar lo que necesitaban. Veo las noticias e historias que mucha gente que estuvo allí, ayudando, ofreciendo lo que no tenían, ofreciendo su hogar para quienes ya lo habían perdido; muchos más dejaban cargar sus teléfonos, dejaban bañar a quienes necesitaran hacerlo, vaya…nadie se conocía pero las personas actuaron de buena fe, dando esperanza a quienes pareciera que la dejaron enterrada junto a sus hogares. Las labores de rescate no tardaron ni un minuto, los edificios colapsado era el Pompeya, y bajo sus furia se encontraban todos, la esperanza nunca muere, la gente se movía fundiéndose en fraternidad sin importar clase social o cultura, llorando por nuestros paisanos que habían sufrido. Salvando. México hoy, ahora devastado por este desastre pero en pie gracias a su gente. ¿Es esta la ciudad de las luces que todos sueñan? Sí, más fuerte y poderosa que nunca con voces jóvenes, de infantes, mayores. Todos ayudando. Y del futuro poco se habla porque estamos pendientes de reconstruir, de ayudar. Bien lo escribió Tennyson: […somos un temple igual de corazones heroicos, debilitados por el tiempo y el lugar pero fuertes en voluntad, listos para buscar, encontrar y no ceder.]

<<Es impresionante la unión de las personas, nunca había visto algo así. La reacción era buenísima, no era solo el reflejo, era solidaridad pura. Un amigo llamado Alonso llegó en moto diciendo que habían ido a Xochimilco pero no había llegado la ayuda allá, lo que hacía falta eran medicamentos, herramientas, etc. Y yo los ayude, yo los ayude con toda mi juventud y fuerza. >>
-Deo Guevara, Estudiante de Música Contemporánea.

Ilustración Indi Maverick

<<Caminé mientras fumaba, la gente estaba completamente desolada, frustrada. Para cuando llegué a Ciudad Jardín vi muchos brigadistas y personas que apoyaban con comida, café; consolándose unos a otros. Hubo una fuga de gas, decidí quedarme con esas personas que lo perdieron todo, hasta las 15:00 hrs en el campamento, para cuando voltee a ver el cielo, llovían las lágrimas de mis paisanos. >>
-Testigo de los hechos.

Colaboraciones:
Guillermo Carballo Iturbide/34 años, Periodista y promotor cultural.

Mónica Gabriela Rodríguez Portillo/32 años, Profesora del CU UAEM

Sebastián Sandoval Rodríguez/24 años, Publicista y compositor.

Deo Guevara/ 22 años, Estudiante de música Contemporánea.