La penumbra envolvía la pasarela cuando una figura enmascarada apareció sobre ella. Entre sus manos sostenía un incensario dorado que oscilaba lentamente con cada paso. Llevaba una túnica de gran volumen, estampada con flores caleidoscópicas en tonos morados, violetas, naranjas y rosados, y una pieza que cubría su cabeza y rostro, transformándola en una presencia casi irreconocible. Con los brazos abiertos y una caminata pausada, NIN STUDIO parecía dar inicio a algo que iba más allá de un desfile.
Así comenzó Masquerade, la colección Otoño/Invierno 2026 de NIN Studio, presentada por ISOPURE durante Volvo Fashion Week México. La propuesta, desarrollada junto a la coreógrafa Ana Zambrano, encontró en el movimiento una forma de contar su historia.

Cuando el cuerpo también habla
Después de aquella primera aparición, tres modelos entraron descalzas: dos hombres y una mujer, vestidos con prendas fluidas y colores que parecían continuar los estampados de la escenografía. Los tonos morados y rosados acompañaban los conjuntos masculinos, mientras un vestido corto en borgoña, con mangas en un tono pastel, sumaba otra combinación de color. Las siluetas eran relajadas y parecían dejar espacio para que el cuerpo se moviera sin restricciones.


Vestirse para transformarse
Con el inicio del desfile, ese universo encontró nuevas formas de expresarse a través de la ropa. El primer look fue un conjunto azul pastel de dos piezas, en una tela ligera y plisada. La blusa de cuello alto tenía mangas extralargas que cubrían parcialmente las manos, mientras los pantalones fluidos se ajustaban en los tobillos. Unos zapatos destalonados blancos y un peinado afro voluminoso completaban el conjunto. Había algo delicado, pero también una sensación de libertad que encajaba con lo que acabábamos de presenciar.

A partir de ahí, la colección recorrió distintas texturas y volúmenes. Las telas plisadas y arrugadas –características de la marca– acompañaban el movimiento, los vestidos ligeros y las transparencias dejaban ver distintas capas, mientras los corsés aportaban estructura y los abrigos envolventes sumaban dramatismo. También aparecieron guantes largos, collares de cuentas gruesas y zapatos con detalles de plumas, junto con sandalias de plataforma y botas que cambiaban la actitud de cada conjunto.

La paleta alternaba tonos oscuros como el negro, el café, el olivo y el borgoña con estampados caleidoscópicos de morados, magentas, azules eléctricos y destellos de otros colores. Algunas prendas se sentían suaves y etéreas, otras tenían una presencia más contundente. Sin embargo, todas parecían pertenecer a ese mismo universo donde la elegancia podía encontrarse con lo psicodélico y las siluetas podían transformarse con cada movimiento.

No había un único look que necesitara quedarse con toda la atención. La fuerza de Masquerade estaba en la manera en que cada salida aportaba algo a la experiencia completa: una textura, una forma, un color o una silueta que, junto con la música, ayudaba a construir una identidad en constante cambio.
El momento de volver a encontrarnos
Hacia el final, la música volvió a un tono más tranquilo y las modelos regresaron a la pasarela. En conjunto, caminaron lentamente hasta ocupar sus lugares, cada una con una pose distinta. Las luces recuperaron los tonos que habían acompañado la coreografía y, una vez que todas estuvieron reunidas, la figura enmascarada apareció nuevamente para ocupar su lugar entre ellas.

Durante unos segundos, la escena permaneció inmóvil. Después, la iluminación volvió a la normalidad y la diseñadora Brittany Maton salió agradeciendo, cerrando una presentación que había encontrado en el movimiento colectivo una parte esencial de su lenguaje.

Fue una de esas presentaciones en las que resulta difícil elegir un solo momento, porque cada parte parecía completar la anterior. Y esa es la idea más bonita que nos dejó Masquerade: que, a veces, para descubrir otras formas de ser, primero necesitamos atrevernos a dejar de ser quienes creíamos.










