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Highlights
Reflexiones de moda rápida cortesía de Bad Bunny
10.02.2026
Por Edna Pedraza
fotografía Cortesía Internet

El 9 de febrero del 2026, Benito Antonio Martínez Ocasio, conocido por el mundo entero como Bad Bunny, presentó tremendo show de medio tiempo en el Super Bowl. En consecuencia, mis redes sociales e incluso las conversaciones con mi pareja, amistades y hasta desconocidxs, han girado desde entonces a desmenuzar este suceso, especialmente la indumentaria involucrada que usó el artista originario de Puerto Rico.

Para dicho evento Bad Bunny decidió portar una playera inspirada en el uniforme de fútbol americano con el número 64, el cual recuerda en honor a su tío. Lo combinó con un pantalón de corte recto en algodón, ambas piezas en color hueso y firmados por Zara, la marca de moda rápida responsable tanto de atropellamientos al medio ambiente como a los derechos de quienes la producen. 

Esperábamos propuesta por lxs más audaces diseñadores de Latinoamérica, glamour, incluso extravagancia, pero el Conejo Malo nos había decepcionado con esta ordinaria y poco consciente elección de ropa. Tal juicio continuó en mi cabeza, alimentándose de comentarios en internet y de reflexiones propias.

Conversaciones necesarias

Recordé una conversación sobre la moda rápida que precisamente tuve el día previo a esta presentación con una amiga diseñadora y cómo, especialmente en un país donde se sobrevive como México, el fast fashion no puede ser blanco o negro, pues de la misma manera en que no podemos negar las atrocidades de su fabricación, tampoco podemos pasar por alto que se trata de la oportunidad para la mayoría de la población, de acceder a la moda, de experimentar tendencias y lucir como influencers, bellezas hollywoodenses o estrellas del reguetón.

Es injusto que los sectores marginados tengan también que abstenerse de participar en la moda, cuando es el Norte Global, que con su cuestionable concentración histórica de riqueza y un estilo de vida hiperconsumista, son lxs verdaderxs responsables de las toneladas de ropa desechada que contamina al planeta, sus desiertos como Atacama, y sus aguas.

Latinoamérica no participa en estas dinámicas de cambiar de ropa cada temporada, o cada que una tendencia vuelve a circular en nuestras pantallas, ya que nuestras carteras se encuentran ocupadas, viviendo al día, racionando, esperando tiempos mejores que no llegan.

Una decisión honesta

En ese sentido, encuentro la decisión de vestimenta de Bad Bunny como algo honesto, y la expectativa de que use algo de diseñador sería perpetuar la brecha económica, porque la base del salario mínimo en esta parte del mundo no permite acceder a prendas de diseñador, ni siquiera locales como nosotrxs. De hecho cabe mencionar que también hay una gran desconexión entre la mayoría de las propuestas de diseño mexicanas y el mercado local. 

Todo el mundo quiere vender a precios de la más exclusiva tienda departamental, pero ¿quién quiere vestir a lxs pobres?

Es difícil imaginar que los grandes conglomerados textiles nacieran con una vocación social. El objetivo de un imperio textil cuyos productos son desechables, se producen en la precarización, muchas veces plagia a diseñadores o firmas independientes y hace negocio con sionistas, como casi cualquier otro gran hombre de negocios.

Sin embargo, Bad Bunny usando Zara para su esperado show en el Super Bowl es un reflejo genuino de cómo se consume moda en Latinoamérica. Sin embargo, el atuendo se complementó con zapatillas Adidas y un reloj Royal Oak de Audemars Piguet, fabricado en oro amarillo de 18 quilates con esfera de malaquita.

Este ejercicio de estilismo, resume la contradicción de aspirar a pertenecer a la industria de la moda occidental mientras, en nuestras propias tierras, debemos lidiar con sus desechos, como señala Maite Aramayo, y la evidencia de que la moral del consumo no opera igual en contextos atravesados por la desigualdad económica.

¿Quiénes pueden darse el lujo de vestir éticamente?

Porque consumir moda en el Sur Global rara vez es un acto puramente estético: es una negociación constante entre el deseo de pertenecer, el acceso y la realidad económica.