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Highlights
El valor mínimo del trabajo artesanal
02.06.2026
Por Olivia Meza de la Orta

Fui al evento donde adidas presentó el tercer uniforme de la Selección Nacional de México en colaboración con Someone Somewhere, bordado por artesanas de Naupan, Puebla. Durante la presentación estuvieron presentes cinco artesanas líderes en representación de un grupo conformado por 150 mujeres. En total se produjeron 2026 jerseys, cada uno intervenido con distintas puntadas —no tradicionales— de la región a lo largo de un proceso que tomó 15 meses.

Se habló de un modelo de trabajo horizontal y transparente, así como de la experiencia de dos artesanas que viajaron para entregar una de las piezas al archivo histórico de la marca en Alemania.

Hasta ese momento todo parecía claro. Había información, disposición para responder preguntas y apertura al diálogo. Después, todo estalló.

Me tomé el tiempo necesario para escribir y construir una postura al respecto. Leí innumerables publicaciones en redes sociales, escuché opiniones de compañeros y colegas, y me acerqué directamente a Someone Somewhere para comprender mejor lo sucedido y, sobre todo, contar con elementos suficientes para plantear la siguiente reflexión.

ARTESANAL E INDUSTRIAL, ¿PROCESOS EN CONTRA?

Aunque no es la primera vez que una marca incurre en prácticas que vulneran los derechos laborales de quienes participan en sus cadenas de producción, los problemas que desencadena este caso tienen una raíz más profunda y estructural. No se trata únicamente de una controversia puntual, sino de una situación que cuestiona la forma en que entendemos la comercialización, el diseño y el valor económico del trabajo artesanal.

Leía que este tipo de colaboraciones debería contar con mediadores o agentes culturales capaces de tender puentes entre empresas y comunidades. Sin embargo, adidas sí contó con esa intermediación a través de Someone Somewhere, cuya promesa era garantizar credibilidad, transparencia y justicia en cada etapa del proyecto. El resultado, al menos desde la percepción pública, fue muy distinto.

Existe una enorme brecha de conocimiento y empatía entre los procesos industriales y los procesos artesanales. La presión por adaptar tiempos, costos y estándares de producción industrial a dinámicas manuales termina enfrentando dos formas radicalmente distintas de crear. Aun así, las colaboraciones éticas son posibles, aunque siguen siendo excepcionales.

SIN DIÁLOGO CREATIVO

La colaboración debió construirse de manera horizontal, especialmente en lo referente al diseño y a la participación creativa. Eso no ocurrió. Las artesanas siguieron instrucciones para ejecutar un diseño previamente aprobado y lo tradujeron con sus manos. Pero cocrear implica algo distinto: supone que su criterio, sus técnicas y sus decisiones estéticas formen parte del proceso desde el inicio y no únicamente de la ejecución final.

Esto importa porque la participación activa en el diseño fortalece la identidad creativa de cada artesana. Cuando una marca de moda ocupa el centro de la narrativa, existe el riesgo de que el trabajo manual quede subordinado a una estética ajena. Un diálogo creativo genuino no solo produce nuevas ideas; también fortalece la confianza, la autonomía y la capacidad de gestión de quienes participan en el proyecto.

La mayoría de las colaboraciones de este tipo no cuentan con esa libertad ni con ese intercambio. Quienes trabajan de manera artesanal suelen quedar reducidos a una etapa más dentro de la cadena productiva. Quizá esta sea una apreciación más personal, pero la creación de productos de moda no tendría que estar siempre condicionada por una lógica serial e industrial.

VACÍO INFORMATIVO

Además de la falta de cocreación, también hubo una evidente falta de transparencia. Cuando una narrativa de marca se sostiene sobre conceptos como trazabilidad, comercio justo e impacto social, cualquier falla en alguno de esos pilares compromete automáticamente su credibilidad. La transparencia no puede funcionar únicamente como estrategia de comunicación; debe reflejarse en las prácticas concretas del proyecto.

Existen muchos casos de explotación y abuso; sin embargo, también son consecuencia de la falta de oportunidades laborales que enfrentan comunidades como Naupan. Ubicada en la Sierra Norte de Puebla, sus vías de acceso y salida son complejas. Como señala el investigador textil Arturo Crisanto, “muchas mujeres no salen de su comunidad a vender sus textiles y crean sus propios grupos”.

También leí que el pago era justo. Pero, ¿justo para quién?

Los estudios sociales y económicos de una comunidad artesanal son obligatorios cuando se decide realizar una colaboración, sobre todo si está en su bandera el impacto social. No descarto que esta u otras empresas lo hayan hecho, pero dadas las circunstancias, es un hecho que no se cuidó esa parte.

Lo más preocupante es que las marcas con mayor poder y reconocimiento internacional rara vez enfrentan consecuencias proporcionales a los daños que generan.

Desde mi perspectiva, esto repercute a la falta de oportunidades y accesibilidad, por lo tanto no se cuestiona el pago porque ‘este es el trabajo que hay’ y con eso debería ser suficiente.Y este problema no es exclusivo de Naupan, sino de muchos pueblos de México, donde afecta principalmente a las mujeres.

EL VALOR MÍNIMO DEL TRABAJO ARTESANAL

El trabajo textil artesanal rara vez constituye la única fuente de ingresos de quienes lo realizan. Para muchas mujeres forma parte de una red de actividades que incluye trabajo doméstico, cuidados familiares y otras ocupaciones remuneradas. Esa multiplicidad de tareas suele invisibilizar el verdadero costo del tiempo invertido en la producción artesanal.

Cuando el mercado se acostumbra a pagar poco por una pieza artesanal, no solo se devalúa el objeto final: también se minimizan los conocimientos, el tiempo, la experiencia y la vida que existen detrás de cada puntada.

Sin embargo, hablar de desigualdad, precarización e infravaloración del trabajo artesanal no implica asumir que las artesanas carecen de criterio, capacidad de decisión o que toda participación en este tipo de proyectos ocurre desde una posición pasiva. También es necesario reconocer su autonomía y el derecho que tienen para decidir cómo, con quién y bajo qué condiciones desean colaborar.

AUTONOMÍA DE LAS ARTESANAS

También leí que trabajar únicamente con un grupo de una comunidad y no involucrar a todas las personas que la conforman equivale a “fragmentar el tejido social”. En teoría, este argumento puede ser válido cuando están en juego técnicas, iconografías o elementos de la indumentaria tradicional que forman parte del patrimonio cultural colectivo de un pueblo.

Sin embargo, es importante no perder de vista otro aspecto fundamental: la autonomía de las personas artesanas. Los trabajadores y artistas indígenas tienen la capacidad de decidir si desean participar o no en proyectos de manera independiente, sin que ello implique necesariamente representar a toda una comunidad. Son decisiones que pueden negociarse, acordarse o rechazarse dentro de sus propias formas de organización, las cuales son tan diversas como los pueblos que las sostienen.

Hacer esta distinción es importante porque, con frecuencia, las discusiones sobre apropiación cultural, comercio justo o representación terminan por invisibilizar la capacidad de decisión de las propias artesanas desde una postura paternalista. Defender los derechos colectivos no debería significar negar las decisiones individuales de quienes también forman parte de esos colectivos.

En este caso específico, y desde una perspectiva estrictamente académica, los bordados utilizados en la colaboración no representan la tradición textil nahua ni reproducen elementos de su patrimonio cultural inmaterial. Se trata de una propuesta construida a partir de distintas puntadas y recursos técnicos que responden a los lineamientos acordados. Honestamente, me parece una camiseta visualmente atractiva y realizada con una labor manual de impecable calidad. El punto de arroz, el nudo francés, la cadeneta y distintas variantes de zigzag aportan textura y complejidad al diseño final.

Por ello, mi crítica no está dirigida a la existencia de colaboraciones entre artesanas y marcas nacionales o internacionales. Al contrario, considero que hoy existe una mayor apertura para construir este tipo de proyectos y, al mismo tiempo, más herramientas, investigaciones y experiencias previas —incluidas aquellas provenientes del propio gremio artesanal— que permiten desarrollarlos de manera más ética, transparente y justa.

Precisamente por eso resulta necesario señalar cuando una colaboración presenta fallas. No para desalentar futuros proyectos, sino para exigir mejores prácticas y contribuir a que estas relaciones se construyan desde condiciones más equitativas para todas las personas involucradas.

RESPONSABILIDAD COLECTIVA

Por último, este es un círculo que nos involucra a todas las personas. Queramos o no, formamos parte de esta industria por la simple necesidad de vestirnos, consumir y participar de las dinámicas económicas que la sostienen.

Sí hay que alzar la voz ante las injusticias. Sí hay que exigir transparencia, rendición de cuentas y mejores prácticas a las empresas, a las instituciones y a quienes participan en estas cadenas de producción. Pero también debemos reconocer que el cambio no depende exclusivamente de las decisiones de una marca.

El sistema se transforma cuando las personas comienzan a cuestionar cómo consumen, qué valoran y qué prácticas están dispuestas a sostener con su dinero. Mientras el trabajo artesanal continúe percibiéndose como un recurso barato, inagotable y fácilmente sustituible, estas historias seguirán repitiéndose.

A propósito del auge de lo artesanal y de las campañas gubernamentales en torno a lo “Hecho en México”, hoy más que nunca es necesario acercarse a los textiles tradicionales de los pueblos desde la curiosidad, el respeto y la información. Quizá esa sea una de las formas más honestas de valorar el trabajo artesanal: conocer quién lo realizó, cuánto tiempo tomó producirlo, qué conocimientos implica y cuáles son las condiciones bajo las que fue creado.

La pregunta no es únicamente qué hicieron o no adidas o Someone Somewhere. La pregunta también es qué estamos dispuestos a cambiar como consumidores, diseñadores, empresas, medios e instituciones para que el trabajo artesanal deje de ocupar el último lugar dentro de la cadena de valor.

El sistema no cambia únicamente porque una marca tome mejores decisiones de manera aislada. Cambia cuando más personas deciden participar de él de una forma más consciente, crítica y responsable.