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Las ventajas del zen
13.03.2017
Por Marbrisa Ter-Veen

Estoy tomándome un matcha frío con leche de coco y sentada en posición de medio loto. Me pareció la forma más adecuada para escribir esta columna. Siéntanse libres de encontrarme odiosa.

Dicen que la norma de “envejecer” es convertirnos en lo que más odiamos. Yo odiaba —y a veces todavía odio— a las personas que mandan luz, que sienten cómo vibran los sujetos, que andan por la vida con cara de pachecos y nunca se preocupan por el olor excesivo a patchouli que emana de su cuerpo. Es un cliché, naturalmente; lo que en realidad no soportaba era no entender cómo la vida, la cotidianidad, parecía fluir de manera tan pacífica para ellos: los iluminados. Ellos sabían algo que yo, ansiosa por excelencia y desde que tengo memoria, ignoraba.

Comencé a hacer yoga muy a regañadientes, casi arrastrada por mi novio de entonces. Yo siempre me estaba burlando de él cuando me decía que la clase había estado muy fuerte, que había sudado a raudales, o cuando me dijo que sentía que su temperatura corporal estaba mejor regulada gracias a “la práctica”, alguna vez también me dijo que le parecía haber crecido un centímetro. Yo me partía de risa. Esas torsiones y estiramientos caprichosos me parecían ridículos, pero mientras tanto me reía, por otro lado yo sufría de ataques de pánico, de ansiedad severa, insomnio, contracturas, taquicardia… todo lo imaginable. Intenté correr. Intenté hacer pilates. Intenté con las máquinas del gimnasio. Nada funcionaba.

Como decía, empecé a tomar clases de yoga sin creérmela mucho: no cantaba los mantras, competía en mi cabeza con los demás, mataba mosquitos en mitad de posturas o me ponía a quitarme los pelos de mi perra de los leggings, mi distracción era tan grande que a veces ponía el tapete al revés. Luego de unos meses haciendo mal-yoga llegó una maestra que lo cambió todo para mí: logró hacer que me interesara, me ayudó a llegar a posturas que yo consideraba imposibles (basta con decir que cuando empecé yo no podía hacer ni un chaturanga/lagartija), la clase era divertida y comenzaba a notar progreso, lo cual fue un incentivo enorme, siempre salía feliz y sudorosa.

Esto va a sonar súper cursi e insufrible, pero por primera vez me sentí conectada con mi cuerpo. Sobre todo me di cuenta de que lo más importante es la compasión hacia sí mismo  (y hacia los demás, por supuesto) física y mentalmente. A través del cuerpo comprendí que en la vida todo son procesos. Y “mi práctica” ha sido una sinécdoque del proceso, ¿o es mi vida en realidad una gran alegoría de mi práctica? Misterios sin resolver. El problema conmigo siempre ha sido que tiendo al sobreanálisis antes que a la acción, entonces no intentaba entrar a las posturas sino que reflexionaba sobre las mil y un razones por las cuales mi cuerpo jamás podría lograrlo.

Con el tiempo ha resultado que todo lo que pensaba sobre mis límites corporales era falso y me había estado subestimando durante veintitantos largos años. Pero no es cualquier cosa la relación que uno tiene con su propio cuerpo, yo diría que es de las más tormentosas.

Y hasta aprendí a respirar, a llevar mi propio ritmo. Después de un par de años de búsqueda exhaustiva, creo en las propiedades milagrosas del té verde, en la importancia de un vaso de agua caliente con jengibre y limón por la mañana, 4 miligramos de Clonazepam por la noche, creo en el poder de la respiración sonora.
Me ha tomado casi veintisiete años aprender a respirar. Tomar aire cuando tengo miedo. Inhalar profundo y a conciencia cuando comienzo a enojarme. Respirar cuando estoy atorada en el tráfico mientras alrededor los conductores enfurecidos están orquestando una sinfonía infernal con sus cláxones. Conectar con mi respiración en medio de los chillidos de las patrullas y los camiones. Respirar en lugar de vomitar del coraje y la frustración. Inhalar. Exhalar. Maldecir la selección musical de Mix 106 para mis adentros. Pensar en algo agradable: la playa, una bolsa de papas con salsa. Inhalar en cinco tiempos y exhalar en cinco tiempos cuando veo venir un ataque de ansiedad. Xanax natural. Xanax sin efectos secundarios.

Tampoco voy a pretender que ya alcancé el Nirvana y puedo respirar para salir de cada situación estresante, a veces necesito un bote de helado, llorar, maratones de series malas, comprar cosas en línea y prender una vela de Diptyque: me digo a mí misma que es algún tipo retorcido de #selfcare, al final no sirve ser tan estricto con uno mismo, necesitamos una que otra indulgencia para sobrevivir. Está bien. C’est la vie.

Ahora me la paso recetando saludos al sol contra la ansiedad y té verde para el bienestar del cuerpo (y sobre todo para tener piel hermosa) y no me da vergüenza.

Ohm. Namasté. ✌☯️

Ilustración por Jorge Fernando González