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Nothing tastes as good as skinny feels is bullshit
01.06.2017
Por Marbrisa Ter-Veen

No recuerdo un periodo de mi vida en el que me sintiera conforme con el estado de mi cuerpo, yo sé que suena melodramático, pero es cierto y también creo que es así para la mayoría de las mujeres. No importa qué tanto tus amigxs, tu pareja o tu mamá te digan que te ves súper, simplemente sientes que es falso, que necesitas hacer más cardio y comer menos porque la perfección sigue estando muy lejos. Y cada quien tiene una idea de perfección, pero el punto es que vivimos en un constante estado de frustración respecto a nuestra apariencia.
Durante todo abril me dediqué casi exclusivamente a comer pasteles, chocolates, croissants, pliés, café au lait y bueno, cualquier delicia culinaria que se me pusiera enfrente. Se vale porque estaba de vacaciones. Cualquiera hubiera pensado que estaba embarazada o dedicándome con diligencia a subir de peso. Lo primero no es cierto, y lo segundo pasó, como era de esperarse (nunca me peso, pero era evidente). Así que engordé y fue un drama monumental. Mo-nu-men-tal. De llanto y huelgas de hambre —lo cual es una estupidez pero al mismo tiempo me recordó lo frágil que es esa relación, la relación que tenemos con nuestro cuerpo y cómo las expectativas sociales influyen en nuestra salud emocional—.
Hace algunos años me habría dado vergüenza aceptar todo esto, admitir que me preocupa mi apariencia, pero de nuevo, es posible que antes no tuviera que hacerlo saber porque aunque en el fondo me sintiera fea y gorda, encajaba mejor con los modelos de belleza que se nos imponen. Porque suena muy fácil, ¿no? “¿No estás contenta? Haz más, esfuérzate más, no comas postres, ve tres horas al gimnasio después de tu jornada laboral de nueve horas. No te quejes. No es como que vivimos en una sociedad que nos bombardea y nos tortura con estándares de belleza inalcanzables. El cambio está en uno”. Y pasa el tiempo, y estoy hasta la madre. Y me rehuso a no sentirme contenta, a dejar que me laven el cerebro, a no quererme.
Se supone que los tiempos están cambiando con todo el movimiento de “body positivity”, supermodelos “plus size”, campañas y portadas de revistas sin retoques. Se supone que por fin podemos estar en paz con no estar en los huesos y con nuestra celulitis, pero no es tan fácil combatir siglos de objetivización del cuerpo femenino, es una actitud que tenemos codificada desde hace siglos. Y no nos engañemos, la publicidad y la industria de la moda continúan usando nuestros cuerpos (o al menos los de aquellas que se consideran hermosas) como sebo.
Es curioso, la gente siempre me dice que me veo bien cuando estoy enferma, incluso mis parejas han soltado algún “Te ves muy sexy, ¿has perdido peso?”, a lo cual mi respuesta siempre ha sido algo similar a “Sí, porque me intoxiqué y tuve diarrea y vómito durante una semana”, de lo más sexy. Mis amigos piensan que hacer chistes sobre mi cadera es apropiado, y cuando notan mi incomodidad intentan librarse halagando mis nalgas. Cuando ando subidita de peso y me quejo con mi mamá ella siempre me dice que me veo muy sana pero que tal vez no sería mala idea hacer más ejercicio. Todos tienen opiniones y ya no quiero escucharlas.
Por lo pronto, y por fortuna, las crisis caen por su propio peso. Una vez que regresé a la contaminada y ahora calurosísima Ciudad de México y retomé mis hábitos mi cuerpo comenzó a responder, perdí la baby fat (que en este caso era más bien como croissant fat) y ya me siento más como yo.
Quiero decir que amo mi cuerpo no importa cómo se vea, y paradójicamente conforme más pasa el tiempo y más “imperfecto” es, más cariño le tengo. Ya no estoy obsesionada con regresar a la talla 00 —si es que todavía existe—, ya no cuento calorías ni me mido constantemente. Paseo a mi perra, juego con ella, hago ashtanga, hago el amor, bailo, cocino comida deliciosa y nutritiva, a veces horneo un pastel o me como una galleta, porque todo esto es más satisfactorio que verme los omóplatos. Nothing tastes as good as skinny feels is bullshit. Aunque usted no lo crea.

Y al final Reiko (mi compañera canina de vida) me quiere sin importar si se me nota o no la clavícula.