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Fashion
Ópera Prima: el museo de fantasías de María Ponce
22.10.2026
Por Liliana Ripoll
fotografía Graciela Olzon

Hay algo especial en encontrarse frente a una colección que parece extenderse mucho más allá de la ropa. En Ópera Prima, Maria Ponce construyó un universo en el que las prendas, los accesorios, la música y las imágenes se encontraron para contar una misma historia. Presentada por Westies durante Volvo Fashion Week México, la colección convirtió la pasarela en un lugar donde el arte parecía abandonar el lienzo para comenzar a moverse.

Al fondo, Las Meninas, de Diego Velázquez, permanecía sobre la pantalla dentro de un marco que evocaba la presencia monumental de la pintura. La imagen acompañó el desfile de principio a fin, como una referencia que dialogaba con las figuras que aparecían frente a ella. Por momentos, parecía que los personajes del cuadro habían encontrado nuevas formas de existir más allá de él.

La propuesta partió de una reinterpretación del coleccionismo, los tocados y los recuerdos materializados. Ideas que, en lugar de permanecer como objetos guardados o imágenes del pasado, encontraron una forma de expresarse a través del cuerpo. Y el primer look dejó claro que estábamos ante una colección dispuesta a jugar con los límites.

Una primera salida imposible de ignorar

La pasarela abrió con Some Velvet Morning, en la versión de Primal Scream y Kate Moss. El primer look fue un vestido construido a partir de módulos anudados en tonos marrones y bandas rojas que se extendían alrededor del cuerpo y el rostro. Las formas sobresalían en distintas direcciones, creando una textura casi orgánica, mientras el tocado convertía la cabeza en parte de aquella composición escultórica.

Había algo teatral en su silueta, en las formas que parecían crecer alrededor del cuerpo y en la manera en que el rostro quedaba integrado a la propia pieza. No era un conjunto que pasara desapercibido: tenía una presencia que invitaba a detenerse en cada detalle. Desde esa primera aparición, Maria Ponce dejó ver una de las cualidades que atravesarían toda la colección: la libertad de llevar una idea hasta convertirla en algo inesperado.

El arte de convertirse en personaje

Durante el desfile, las siluetas cambiaron de escala y de intención. Aparecieron vestidos de gran volumen, prendas metalizadas, pliegues que transformaban la forma del cuerpo y estructuras que se extendían hacia afuera. Algunas piezas lo envolvían, otras parecían reclamar su propio espacio. Las texturas y los materiales construían contrastes que mantenían la mirada en movimiento, sin que una sola silueta definiera el universo de la colección.

Pero fueron los tocados los que llevaron ese juego un paso más allá. Plumas, filamentos, redes y formas que se proyectaban alrededor de la cabeza transformaban a las modelos en figuras difíciles de encasillar. Algunos accesorios enmarcaban el rostro, otros lo cubrían parcialmente o alteraban sus proporciones hasta cambiar por completo la silueta. Más que un complemento, cada tocado parecía tener un papel propio dentro de la composición.

Había algo de máscara, algo de personaje y algo de objeto de colección en esas construcciones. Cada una abría una posibilidad distinta: figuras envueltas en volúmenes escultóricos, rostros rodeados de formas inesperadas y accesorios que parecían pertenecer a un mundo fantástico. La ropa no necesitaba seguir una idea convencional de belleza para resultar fascinante; podía exagerar, jugar con las proporciones y dejar que la imaginación hiciera el resto.

En esa libertad también aparecía otra lectura del coleccionismo. Reunir objetos, imágenes y recuerdos implica elegir aquello que despierta nuestra curiosidad y darle un lugar dentro de una historia personal. En Ópera Prima, las referencias parecían encontrarse y transformarse hasta adquirir un significado propio. Cada look añadía una pieza distinta a ese universo, sin necesidad de parecerse al anterior.

Hacia el final, apareció una silueta que parecía venir de otra época. Un tocado alto, cubierto por un velo de encaje blanco, enmarcaba el rostro y caía delicadamente sobre él. La prenda marfil, con un bordado detallado en tonos rosas y oscuros sobre el pecho, contrastaba con el volumen acolchado que transformaba la parte baja de la silueta en una forma escultórica. En sus manos llevaba un ramo de flores silvestres, orquídeas y ramas secas.

Cuando la colección vuelve a casa

Cuando sonó Viento, de Caifanes, las modelos regresaron juntas a la pasarela. Después apareció María Ponce para agradecer al público, cerrando una presentación en la que cada prenda había contribuido a construir un imaginario propio.

Hay algo especial en ese momento. Durante el desfile, vemos las prendas separadas de la persona que las imaginó: aparecen una tras otra, ocupan el espacio y desaparecen para dar paso a la siguiente. Cuando la diseñadora sale a encontrarse con ellas, todo vuelve a reunirse. Detrás de cada silueta hay una mirada que encontró la forma de convertirse en algo tangible y compartirlo con quienes están al otro lado de la pasarela.

Quizá por eso Ópera Prima se siente como un museo de fantasías en movimiento. Porque algunas imágenes no necesitan permanecer inmóviles dentro de un cuadro para quedarse con nosotros; a veces, basta con verlas caminar frente a nuestros ojos para que sigan ahí, incluso después de que termina la música.

Texto Liliana Ripoll
Fotografias Graciela Raquel Olzon