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Culture
INSPOWER Manola Canalizo: Creatividad en tiempos de IA
19.01.2026
Por Yaveli Ríos

En un mundo donde la inteligencia artificial empieza a redefinir lo que entendemos por creatividad, Manola Canalizo se mantiene firme en su visión de la creación auténtica y consciente. Fundadora de MercadóLOCA y reconocida como uno de los “29 talentos menores de 30” por Coolhuntermx, Manola combina su formación en mercadotecnia y publicidad con una visión innovadora de la comunicación y la creación de contenido, demostrando que es posible construir una carrera basada en la autenticidad.

Más que una creadora de contenido, ella se presenta como una multipasional: alguien que no teme experimentar, cuestionar y redefinir lo que significa ser auténtica en la era digital.

Desde su presencia en redes, donde comparte reflexiones sobre amor propio, autoconocimiento y creatividad, hasta sus colaboraciones con proyectos que buscan generar un impacto real, Manola ha demostrado que la voz personal y la profesional pueden coexistir de manera inspiradora hasta en lo más cotidiano.

ENTREVISTA

En esta entrevista nos sentamos a conversar con Manola sobre cómo la creatividad se transforma en tiempos de la inteligencia artificial, desde las fuentes de inspiración personal hasta el impacto de lo artificial en la autenticidad de lo que creamos. A lo largo de la charla, comparte la importancia de observar, cuestionarnos y resignificar lo que entendemos por creatividad, invitándonos a ver la digitalización como una herramienta que suma dentro de los procesos creativos.

Una conversación cercana, fresca y necesaria que abre nuevas preguntas sobre qué significa crear hoy… y hacia dónde vamos mañana.

Yaveli: ¿Cómo ha evolucionado tu percepción de la creatividad a lo largo de tu trayectoria personal?

Manola: Fun fact, durante mucho tiempo no me consideré una persona creativa, porque asociaba la creatividad exclusivamente con lo manual, lo visual o con un arquetipo muy específico: personas extrovertidas, coloridas y que crean con las manos. Aunque siempre me ha gustado tangibilizar ideas y crear, sentía que no encajaba del todo en esa definición. Con los años entendí que la creatividad no debería encasillarse en un solo arquetipo.

A partir de esa reflexión desarrollé incluso un método, que hoy utilizo tanto para mí como para mis clientes, basado en la observación de lo cotidiano. Vivimos en piloto automático y constantemente comparándonos con lo que hacen otros, con lo viral, con lo que parece creativo.

Sin embargo, desde la observación podemos darnos cuenta que la creatividad no se crea ni se destruye, sólo se transforma.

Hoy entiendo la creatividad como la capacidad de observar una experiencia, ya sea una flor, una conversación, una emoción, incluso lo que hay en tu refrigerador, y, transformarla en algo distinto: un aprendizaje, una metáfora, una idea o una solución. Hacer las paces con esta idea me permitió reconocerme como una persona creativa. Todos tenemos esa creatividad dentro, solo hace falta detenernos a observar y permitirnos transformar nuestras experiencias en algo nuevo.

Y: Hablando de estos elementos de la cotidianidad, ¿cuáles consideras indispensables para que una idea pueda transformarse o materializarse en un acto creativo auténtico?

M: La experiencia, sin duda, la experiencia. Hay algo que ningún recurso externo, ni siquiera la inteligencia artificial, puede replicar: la empatía y la forma en la que cada persona vive, siente y percibe el mundo a través de sus sentidos. La raíz de cualquier acto creativo nace de cómo experimentas una situación, cómo la interpretas emocionalmente y qué sensaciones te detona.

Puedes apoyarte en herramientas, tecnología, inteligencia artificial, una cámara, una aplicación, para tangibilizar una idea, pero el origen siempre está en la experiencia vivida. Dos personas pueden ver la misma película y tener interpretaciones completamente distintas; lo importante es vivir esa experiencia y, después, transformarla desde una mirada e interpretación propia.

Por eso, más que obsesionarnos con crear, hay que permitirnos vivir: observar, conectar con otros, y tener un espacio de calma. A veces una conversación con un extraño o una situación cotidiana puede detonar una idea poderosa.

La creatividad no surge de forzar el proceso, sino de vivir primero, para después transformar esas vivencias en algo creativo.

Y: ¿Qué tan importantes son los errores dentro del proceso creativo y cómo los interpretas cuando aparecen?

M: Los errores son de lo más importante dentro del proceso creativo. Muchas veces se entienden como fracasos, pero en realidad te muestran cómo no quieres hacer las cosas y, a partir de ahí, se vuelve mucho más fácil identificar lo que sí quieres. Ese principio aplica no solo en la creatividad, sino en la vida en general.

Cada error es una forma que no funciona, y eso es valioso. El proceso creativo es prueba y error: hacer, observar, ajustar, corregir, escuchar y volver a intentar. Solo a partir del hacer puedes evolucionar, cambiar y entender qué te gustó, qué no y qué fue lo que realmente comunicaste. Sin ese primer intento, no hay punto de partida.

Es como una receta: no te va a salir bien a la primera, y hasta que no pruebas, no sabes si quedó muy esponjoso, si lo quieres más denso o qué necesitas ajustar. El error te da esa información. Por eso es importante quitarle peso al concepto de equivocarse y entenderlo como un paso más hacia el cómo sí; el no siempre te acerca al cómo sí.

También es fundamental mantener el juego, en ese caso los niños pequeños crean sin censura, sin miedo a hacerlo mal, sin la carga de lo correcto o incorrecto. Juegan, prueban y expresan su forma de interpretar el mundo. Cuando etiquetamos algo como error, se corta esa inspiración y ese juego.

Construir el camino también es resignificar el error dentro del proceso creativo.

Y: En todo proceso creativo suelen aparecer bloqueos o momentos de saturación. ¿Cómo encuentras claridad creativa cuando hay ruido, sobreestimulación o cansancio mental?

M: Para mí ha sido muy importante hacer las paces con mi propio proceso creativo. Hay un libro que amo, Boost Your Creativity, que habla sobre los rituales creativos, y creo que muchas veces pensamos que un ritual tiene que verse como algo muy tranquilo: el café, la música suave, cerrar los ojos, meditar; pero yo soy completamente lo opuesto. Yo necesito estar estimulada, por ejemplo escuchar una canción, porque algo de la letra me detona una idea y entonces ligo ese concepto con lo que estoy haciendo y surge algo nuevo.

Para mí, los estímulos son fundamentales, porque vienen directamente de la experiencia: vas en bici, ves a alguien caminar, te gusta su falda, escuchas un sonido, hueles algo, sientes el entorno. Todo eso te va llevando a otro lugar creativo.

Un amigo me enseñó que el bloqueo creativo no existe, que muchas veces el bloqueo no es falta de creatividad, sino falta de acción. Aparece el miedo a equivocarse, a que no quede bien. Pero cuando accionas desde el juego, cuando dices “a ver qué pasa”, empiezas a moldear la idea, entonces para mí hay dos puntos clave: accionar y estimularte. Accionar puede ser salir a caminar, escribir, dibujar, pensar, pescar la idea de otra forma. No quedarte atrapado en una sola manera, y el estímulo es clave: salir de lo obvio, no quedarse en lo esperado, buscar conexiones inesperadas.

En mi caso, incluso trabajo mejor bajo presión; cuando tengo demasiado tiempo, me disperso. Hacer las paces con eso ha sido clave para encontrar claridad dentro de mi propio proceso creativo.

Y: ¿Cuáles son tus rituales, las prácticas o actividades que a ti personalmente te ayudan a reconectar con tu esencia creativa?

M: No soy una persona de rituales rígidos todos los días, pero hay uno que me ha funcionado espectacular: las hojas en blanco. Idealmente hacerlo en cuanto despiertas, sin prompts, sin expectativas, sin pensar qué vas a escribir. Solo escribir lo que esté pasando por tu cabeza, aunque sea algo completamente cotidiano o aparentemente irrelevante.

La idea es desfogar. Sacar todos esos pensamientos que se acumulan y que muchas veces veo como un mapa mental donde todo parece igual de urgente. En la hoja en blanco todo se aterriza: escribes sin juzgar, sin pensar si está bien o mal, mezclando ideas, idiomas, imágenes, sensaciones. Desde lo más random hasta cosas muy profundas. Cuando termino, muchas veces me doy cuenta de que ahí está mi materia prima creativa.

Ideas que vienen directamente de lo que estoy sintiendo y que luego puedo transformar en contenido, metáforas o conceptos. La hoja en blanco es noble porque no te exige nada: no hay expectativas, no hay juicio, solo tú y tus pensamientos, cierras el cuaderno y sigues con tu día. Otro ejercicio importante para mí es separar mi identidad de lo que creo. Tu trabajo no eres tú; es una extensión de ti, pero no te define. Quitarte esa carga permite ver lo que haces con otros ojos, romper rutinas y salir del mismo lugar creativo.

Y: ¿Qué te ha enseñado la creatividad sobre ti misma? ¿Cuál ha sido ese antes y después en tu manera de entenderla?

M: La creatividad me enseñó que soy mucho más sensible de lo que pensaba. Durante mucho tiempo me decía que no era cursi, que no era tan emocional, pero la realidad es que todo me mueve. Me asombra una flor, una moneda, una imagen, una idea. Antes me daba un poco de pena, porque existe esta idea de que ser así es infantil, pero hoy lo abrazo. Sí, me asombro como niña chiquita y hago muchas preguntas, porque me gusta entender y ver más allá.

También me enseñó que necesito esa sensibilidad para percibir el mundo. Siempre me vi como la persona fuerte, la que resuelve, la que no llora, y la creatividad me mostró que esa sensibilidad no es una debilidad, sino una herramienta. Gracias a ella puedo observar, conectar y transformar experiencias en algo nuevo.

Hacer las paces con eso fue un parteaguas. Hoy me nombro como una creativa hipersensible, porque sin esa sensibilidad no podría hacer lo que hago. La creatividad también me enseñó a disfrutar mucho mi propia compañía, a observar el mundo con calma y a rodearme de personas y entornos que respeten esa forma de ver y sentir. Porque así como hay personas que potencian la creatividad, también hay ambientes, dinámicas y personas que pueden apagarla, los creativity killers.

Y: ¿Cómo ha cambiado tu manera de entender la creatividad a partir de la presencia tan fuerte de la inteligencia artificial?

M: Creo que, como dicen, en la dosis está el veneno. La inteligencia artificial es una herramienta, más no una solución. He notado que, dentro de algunos procesos creativos, puede volvernos un poco más flojos si dejamos que piense o resuelva por nosotros desde el inicio.

Yo trabajo con una fórmula muy clara que desarrollé y que llamo EVA: experiencia, visión y acción. Primero vives una experiencia; después decides cómo la quieres transformar, esa es la visión y, por último, eliges cómo accionarla y materializarla. Es en ese recorrido donde la inteligencia artificial puede entrar como apoyo.

Si desde el inicio le pides a la inteligencia artificial que resuelva o invente algo, se pierde la parte personal, y la experiencia y la empatía no son replicables. Ahí está la diferencia, la inteligencia artificial puede ayudarte a ordenar ideas, a explorar formas de comunicar algo que ya viviste y sentiste, pero no a reemplazarlo. La inteligencia artificial puede funcionar como apoyo, por ejemplo, para ayudarte a pensar cómo comunicar algo que ya viviste y sentiste, pero cuando se deja todo en sus manos, se vuelve un obstáculo.

Y: ¿En qué momento sientes que este tipo de herramientas potencian tu creatividad y en cuáles podrían llegar a limitarla?

M: Cuando el proceso creativo empieza desde la inteligencia artificial, creo que puede entorpecerlo y sugestionar. En cambio, cuando entra como un paso más dentro del proceso, ahí es donde realmente lo puede optimizar. En mi forma de trabajar, la inteligencia artificial entra como un segundo o tercer paso: como feedback, como rebote de ideas, como un tipo de brainstorm, pero nunca como el origen. Funciona de manera muy similar a cuando le expones un proyecto a alguien más y le pides su opinión.

Es una herramienta que puede darte otras opciones y puntos de vista, pero no es una verdad absoluta. Para mí, la clave está en usarla como rebote, no como punto de partida.

Y: Dentro del proceso creativo, ¿prefieres mantenerlo deliberadamente lento, incluso cuando la inteligencia artificial ofrece tanta inmediatez?

M: Cuando llega una idea, hay que pescarla, eso sí tiene que ser inmediato. Yo recomiendo mucho grabarse en cualquier momento que te surja una idea, escribir notas, hacer voice notes, mandarte mensajes de Whats App, lo que sea, para que no quede en el olvido. Esa parte del proceso creativo no puede esperar, porque las ideas no son tuyas: están ahí, y si no las agarras, alguien más lo va a hacer.

Pescar la idea tiene que ser rápido, pero que se accione o se materialice después depende completamente de cada persona. Ahí entra el perfeccionismo, y yo creo que es mejor hacerlo, equivocarse y luego irlo transformando y moldeando, en lugar de esperar a que sea perfecto.

El tiempo que toma desarrollar una idea varía muchísimo. A alguien le puede tomar horas y a otra persona días, y ninguna forma está bien o mal. Cada proceso creativo es distinto y compararlos solo genera frustración, lo importante es llevar la idea a la acción. Entonces, no creo que haya que definir cuánto tiempo debería tomar un proceso creativo. Donde sí hay que ser inmediatos es al momento de pescar la idea. Después, cada quien decide cómo y cuándo desarrollarla.

Y: ¿Qué riesgos percibes cuando la creatividad se apoya excesivamente en estas herramientas?

M: Lo he notado y también me ha pasado: el resultado empieza a sentirse deshumanizado, “chatgipitoso”. Algo que hago mucho con mis clientas, porque además de crear contenido tengo una agencia, es pedirles que documenten sus ideas y experiencias, y después le damos forma. Cuando eso no sucede y alguien deja su proceso creativo en manos de otra persona o de una herramienta, el resultado se deshumaniza.

Cuando le pides a la inteligencia artificial que haga algo desde cero, sin describir cómo lo viviste o cómo lo sentiste, la intervención se vuelve completamente teórica. Y, para mí la práctica es mucho más valiosa que la teoría. Dos personas pueden partir de la misma base, pero lo que cambia es lo que cada una le pone: su percepción, su experiencia, su manera de sentirlo.

Es como una receta, podemos partir de la misma base, pero cada quien combina sabores distintos, esa diferencia no la puede probar ni percibir una inteligencia artificial. No puede saber cómo se siente, cómo huele, cómo sabe algo para ti. Cuando automatizamos demasiado el proceso, perdemos esa noción de lo experiencial, de lo empático, de lo humano. Y eso, para mí, no se puede replicar ni sustituir nunca.

Y: ¿Qué te ha llevado a cuestionar, redefinir o reafirmar tu propio proceso creativo mediante una herramienta de IA?

M: Leerlo en voz alta, ése es mi mayor filtro. Si lo lees y suena como tú, eso nadie te lo puede quitar. Pero si no lo puedes decir de forma natural, algo está mal. Ahí es donde me doy cuenta cuándo es inteligencia artificial y cuándo no. No es satanizar la herramienta, porque es muy buena y existe por algo, pero hay que usarla como guía.

Yo siempre he trabajado así, incluso antes de que existiera la inteligencia artificial. Cuando voy a hablar en público, hago un acordeón: escribo ideas como si fuera un cuento, no para memorizarlo, sino como punto de partida. Después, al decirlo en voz alta, suena completamente diferente.

Si no lo puedes decir naturalmente, revísalo otra vez. Úsalo como bullet points, como lluvia de ideas, no como un todo. Porque cuando lo dejas así, se fragmenta tu voz y pierdes autenticidad.